miércoles, 26 de octubre de 2016

HAY EN MI CASA UN OLOR

Desde el otro lado de la puerta oí la inconfundible voz de Josefa. Es la primera vez que tiene ese tono. Se me ha hecho raro que no haya salido del encierro hace varios días y que siga hablando con ese misterio tan pausado que nunca antes le había escuchado. En otras ocasiones ya me había advertido su rareza, pero siempre me hice el loco. Desde que se mudó a esta casa, siempre salía a medianoche y en la mañana ya estaba en su cama sin que yo me diera cuenta de la hora exacta en que regresaba; a veces, cuando me atacaba el insomnio, la veía salir a la hora acostumbrada y no la veía regresar, pero avanzada la mañana abría la puerta de su cuarto, me daba los buenos días, y se sentaba en la mesa a comer con ansias y sin pronunciar palabra alguna. 

Algo extraño le pasa, lo sé, pero no seré yo quien sirva de mediador entre su cielo y su infierno, no. Porque no es de mi costumbre meterme en la vida de mis inquilinos, y mucho menos hacer el papel de consejero porque para eso no he nacido, esa no es mi vocación. Pero algo ha de estar pasándole, porque ya son tres días sin salir, los mismos que lleva apestada la casa por ese olor a anamú y a noni revueltos, como si algo en descomposición estuviera ahí dentro. Y lo sé porque siempre hay dos goleros arriba del techo pensando en cómo llegar al objetivo y cumplir sus fechorías. Tal vez lo único en descomposición sean los restos de comida que pudo haber metido al cuarto sin que yo me diera cuenta, pero la nevera sigue intacta, con todo su contenido igual, o quizá sea una de esas ratas asquerosas de la cola del patio que no se resiste a morir placentera en el fresco cielorraso de este cuarto amplio. 

Las posibilidades de la comida descompuesta y de la rata muerta las he descartado, porque he llegado hasta la cocina y el olor está aquí conmigo, como si lo llevara impregnado en la ropa, he pasado por el patio y ahí también está. En la sala ni se diga. Y me he sentado a pensar en las posibles causas de este nefasto olor y lo único que se me ocurre es pensar en la desgracia, en que ella se haya podido colgar del madero, luego de amarrarse el cáñamo al cuello, y su cuerpo esté en la máxima putrefacción.

¡No sé qué hacer! Porque ahora con la muerta en mi poder y el olor delatador la cuestión es complicada; en cualquier momento todos van a saber de la difunta y van a querer entrar por montones a verla como si tratara de una pieza arqueológica. ¡Y tendré que dar explicaciones una y otra vez como si no fuera una tarea engorrosa! Al principio podría aprovechar la situación y cobrar la entrada al cuarto para pagar el funeral, en caso tal no tenga una familia que responda, y de paso podría recuperar el pago de este mes que ya va adelantado. Que me perdone Josefa dondequiera que se encuentre ¡pero de algo hay que sobrevivir! Y ahora que ella se fue al más allá, ¡o qué sé yo!, y que nadie quiera ocupar este cuarto tenebroso y frío, no tengo más opción que ésta. Primero, habrá a quienes el olor los ahogue con una brutal delicadeza y, después, los obligue a vomitar hasta el alma, pero es una buena oportunidad para ganarme unos cuantos pesos. 

Así que, me he puesto de pie nuevamente y he caminado hacia el cuarto, ahora un poco más nervioso que antes pero siempre decidido, y llamo a Josefa con la voz temblorosa, y me contesta con la apacible onomatopeya del silencio, y su hálito parece haber venido del Polo Norte, porque en la inmediatez del momento mis pies se empiezan a congelar y ya no tengo otro remedio que correr. Sí, correr porque Josefa me respondió, porque fue lo primero que se me ocurrió hacer pero… ¿Correr para qué? ¡Si ella siempre acostumbra a hablarme! No sé, pero corrí lo más rápido que pude, con más miedo que ansias, sin mirar atrás ni un solo segundo y sin pestañear, como quien se ha puesto unas jáquimas de burro. Corrí hasta llegar a la calle para darme cuenta de que el olor de mi casa no es otra cosa que un río de aguas fétidas que ahora bañan mis pies como si fueran el nardo puro.

martes, 12 de julio de 2016

LA MUERTE ES UN RUIDO

Ese día el café estuvo listo a las seis de la mañana, hora que le pareció perfecta a mi padre para beber dos tazas y quedarse pensativo mientras las acompañaba con un cigarrillo arrugado y amarillento. Le bastaba entretenerse con el ambiente tranquilo de ese día y con los árboles bailando al son del cantar de los pájaros; era tan enternecedora la mañana que se permitió unos minutos más para su deleite, para olvidarse del cansancio que trae consigo la existencia y de las penas y los padecimientos que tuvo en toda una vida anterior. 

Mi madre, una veterana de la guerra de la vida, lo acompañó en todo el recorrido de su corto viaje de felicidad imaginada y de sentimientos encontrados, sosteniendo un pocillo sin oreja lleno de café con su mano izquierda, “porque la derecha siempre trae mala suerte”. Agarrar todo con la mano izquierda era un tipo de ritual que le enseñaron desde niña. Mi padre, pensativo y con la mirada estática, nunca supo de su compañía hasta que el sonido de un pocillo contra el piso lo trajo de regreso a donde no hubiese querido volver. 

Ella le dijo asombrada que “¡esto no me está gustando nada!”, y él le preguntó “¿qué es lo que no te está gustando nada, Carmen?”, y ella volvió con sus supersticiones de que “¡el fondo del pocillo, el café! ¡No sé, no sé!”, y él intentó calmarla, como siempre supo hacerlo, diciéndole “¡pero si está hermosa la mañana, vamos a disfrutarla!”, pero ella no quiso ceder y siguió preguntándole que si “¿has escuchado ese ruido todas estas noches?”, y mi padre para no atormentarla más le dijo que “sí, que esa debía ser gente despiadada cortando los árboles”. 

Y eso era, gente despiadada que conseguía lo que fuera sin importarle nada, ni siquiera la vida, dispuestos a todo, y es por eso que hoy estamos aquí: en este lugar desconocido que nos ha resultado, a mis hermanos y a mí, difícil de domar, difícil de entender, difícil de vivir; y nos mata el alma el recuerdo intacto de una vida pasada en unidad, de un abrazo mañanero y un beso de buenos días, de un regaño tierno de papá y un consuelo esperanzador de mamá. ¡Nada nos mata tanto como esto!

Pero por lo menos aquí tenemos un poco de tranquilidad. Este no es el lugar que soñamos, pero ya no escuchamos ese ruido. Allá no había que hacer ningún esfuerzo para oírlo, casi a todas las horas de la noche sonaba sin previo aviso y sin darnos la oportunidad de escapar de él como dos amantes que han sido descubiertos. No. Era un ruido espantoso que nos atormentó hasta el punto de presentarnos al mismísimo demonio hecho hombre, el mismo que no descansó hasta arrancarles la vida a mis padres y traernos hasta aquí con sus actos diabólicos. 

En aquel lugar éramos, sin duda, muy felices a pesar de no poseer riquezas; nuestros padres siempre fueron un ejemplo para nosotros, nos enseñaron a ser buenos madrugadores, a trabajar desde pequeños para salir adelante, a ayudar a los más necesitados y a nunca hacerle daño a nadie, quizá fue esa la razón que no nos dejó actuar ante ese desgarrador suceso. Allá respirábamos la paz al ver por la mañana un enternecedor sol apenas tibio y un cielo cuyo azul no hemos vuelto a ver jamás, y al tomar café sentados en sillas que luego recostábamos contra los árboles. ¡Qué épocas! Pero todo esto acabó con la llegada de ese tipo enano vestido de saco y sombrero, desde que el ruido empezó a entrar por nuestros oídos y a atormentar nuestras mentes. 

Al principio pensamos que era algo pasajero, pero luego empezaron a desaparecer nuestros vecinos y supimos que era cosa del diablo. Muertos a diestra y siniestra y el ruido se escuchaba con más frecuencia, más ensordecedor, más demoníaco. No sabíamos a ciencia cierta lo que estaba pasando, y decidimos averiguarlo la noche en que nuestros padres tardaban en regresar a la casa, y los vimos morir sin poder hacer nada, sólo correr con la impotencia de quien ha fracasado, por temor a contar con la misma suerte.

No tuvimos otra opción que tomar lo que pudimos y largarnos para nunca más volver, para nunca más tener que escuchar el ruido del demonio, para venir a padecer a este lugar escandaloso, pero sin ese ruido desgarrador que nos cortó una parte vital y nos robó hasta el sueño, para no vivir en absoluta paz, pero sí tranquilos, y para no tener que ver otra vez a cinco tipos encapuchados, recibiendo órdenes de un compatriota, cortando en mil pedazos con motosierras, a sangre fría y sin piedad, a personas inocentes para quedarse con todo; nos largamos para no tener que vivir intranquilos por el resto de nuestros días y para poder olvidar que la muerte es un ruido de máquinas desesperanzadoras. Safe Creative #1607128365203

jueves, 4 de febrero de 2016

ERA DÍA DE FIESTA

Todo el mundo sabía que ése era un día de fiesta, que con el pasar de las horas la vaina se iba a poner más buena y que todo se tornaría alegre entonces. Todos sabían la fecha, lo importante que era celebrarla, por ocurrir una vez cada año, y luego sentarse a esperar que pasara de nuevo, pasarla bien, y emborracharse hasta más no poder con un trago barato que apenas si dejaba tomarse. 

El día anterior, la mayoría estuvo en una fiesta colorida y a reventar, donde el uno bailaba y se mezclaba con el otro dejando de lado cualquier diferencia social existente. No importando nada, ni la raza ni el sexo, ni la edad ni el tamaño, si era rico o era pobre, ni mucho menos de dónde venía. Era una mezcla homogénea que sólo se permitían vivir una vez y luego todo volvía a ser como antes; pero no importaba nada, había que celebrarlo. Eran pocos los que se quedaban presos en sus casas para evitar ser burlados y envueltos en un mazacote de un polvo blanco con decoración espumosa, y tener que correr en medio de las rechiflas y las risas. Al unísono, en un círculo de personas, salía a flote el sonido de los pitos y las palmas como si se tratara de un ritual pagano; y de eso se trataba: de hacer un rito, un homenaje a la algarabía y el desorden, de exaltar a una reina improvisada que se paseaba de un lado a otro para bailar con el primero que le saliera al paso. 

Había quienes, en medio del mar de gente, se abrían paso para bailar sin pareja y luego ceder el turno a otro bailarín que se retiraba en medio de un estruendo de aplausos. No faltaban las cadenetas que cruzaban de punta a punta, las máscaras de personajes sobresalientes y representativos del lugar, y los innumerables disfraces de marimondas, monocucos, negritas puloy, María moñitos, los toritos, congos y negritos que pedían plata a cambio de un baile entretenido y descoordinado por varios minutos. Además, el trago era cosa que no podía faltar, y sí que lo había en abundancia, porque aunque fuera empeñando las cosas había que conseguirlo; pues –decían-, “plata no tenemos, pero mala vida no nos damos”, y en seguida el jolgorio en señal de aprobación a la frase, y una señora con una bandeja ofreciendo pasabocas y otro más atrás repartiendo el trago. 

-La vaina va en serio, compae Migue.

-¡Qué si va en serio!, me quito el nombre si sale mal, viejo Carlos. 

-¿Y cómo se va a llamá después?

-¡Como sea, da lo mismo! 

-¡Hombe, qué vaina buena! 

-¡Sí o no! Venga y se toma un trago con nosotros. 

-¡Hombe, cómo no, échelo pa’cá! 

Todo transcurría en el mejor ambiente a la tarde siguiente, las mariposas amarillas rodeaban los árboles con su adorable belleza, el canto de los pájaros hacía armonía con el viento y dejaba descubrir su apacible melodía, los perros jugaban placenteros en la arena fresca de la calle, y los niños hacían carreras maratónicas para mojarse de pies a cabeza con agua de todos los colores y olores; hasta que se oyó a lo lejos un frío y aterrador “se murió, Migue se murió” y todos corrieron a ver a Migue postrado en una cama, pálido y ojeroso por el trasnocho, pero con la misma sonrisa fingida de siempre. 

“Ahora llevan al pobre Migue pa’l barrio e’ los acostaos, con su pijama e’ palo puesta. ¡Pobre Migue!” –Decía una señora-, mientras la viuda lloraba a moco tendido y se daba golpes de pecho y decía a viva voz “¡Ay, Migue! ¡Ay, mi Migue!" Pero nunca jamás iba a ser recordado así, por el nombre de un muerto infeliz que se fue a mala hora vistiendo un pantalón al revés, un saco con parches en varias partes y una corbata roja, porque Carlos salió gritando a los cuatro vientos “¡Ay, Joselito, mijo, por qué te fuiste! ¡Ay, Jose!”, y con él un sinnúmero de mujeres solitarias a causa del muerto, a las que no les quedó más remedio que agachar la cabeza y lamentarse porque el martes era día de fiesta.

viernes, 28 de agosto de 2015

LOCAMENTE ENAMORADA

Ese año ocurrieron muchas cosas. Su muerte, por ejemplo, que fue una de las que comenzó a marcar mi destino, ella fue la culpable de mi historia, de lo que soy, de todo lo que estoy viviendo; o fue él que sin hacer nada destrozó mi vida. Siempre quise amarlo hasta el final de mis días y lo hice, porque este es el final de mis días, aunque fuera hasta el final de los suyos. 

Soy Elena Martínez, una mujer a quien la vida obligó a ser obsesiva, protectora de lo que le pertenece, celosa, pero sobretodo amorosa. Sí, soy amorosa aunque se diga de mí lo contrario, aunque me haya convertido en alguien que todos llaman demente y sicópata, aunque me miren con desprecio cada vez que salgo a la calle. No es así, yo sólo lo hice por amor, sólo porque juramos ante un señor calvo y enjuto que seríamos felices aun después de la muerte, y así es: sé que él está feliz dondequiera que esté, así como yo lo estoy y no a la vez, sé que me perdona porque me ama, sé que su amor ahora es sólo mío; mío y de nadie más, como siempre lo fue. 

Nos hicimos amigos la noche en que bailamos juntos; yo no sabía qué hacer, él me tomó de la mano como si me conociera de toda la vida, se abrió paso entre la multitud y me llevó de prisa hacia la pista de baile. Yo lo seguí sin entender nada, al fin y al cabo era mi primera vez en un lugar así. Recuerdo que mis amigas me animaban y yo cedí sin ningún problema y bailé hasta que los pies no me dieron más. Después de muchos tragos y dos cajas de cigarrillos, nos besamos en la oscuridad del lugar, sin que nadie lo notara, sin saber cuál era el nombre del otro, a qué se dedicaba, quién era y dónde vivía. Un par de horas más tarde salimos en su carro último modelo, y antes de que yo pudiera pronunciar palabra alguna ya estaba sumergida en él con tanta pasión que apenas sí pudimos disfrutar de tanto placer. 

Lo disfruté, es cierto, disfruté su cara de Rafael Rodríguez y su cuerpo de atleta, tanto como él me disfrutó a mí, y nos seguimos viendo a escondidas los siguientes cinco meses, tres noches por semana en el lugar de siempre. Ese era su nombre: Rafael Rodríguez, un hombre alto y buen mozo, con cara redonda y cabello liso, con un cuerpo escultural que incitaba al pecado sólo con verlo; por lo menos a eso me obligaba a mí siempre, hasta que me vi perdida en su mundo y no tuve otra opción que aceptar casarme con él la mañana en que se presentó en mi casa con un ramo de flores. Para entonces mi padre había muerto y mi madre siempre me repetía que “debes buscar a alguien bueno y con plata para que no tengas una vida de perro”.

Él era todo lo que cualquier mujer desearía tener, la plata era lo que menos me importaba; y lo bueno… lo bueno fue la característica más sublime que pudo tener. Pero por bueno lo maté. No me cabía en la cabeza que otra pudiera tenerlo entre sus brazos cuando yo no estuviera, no podía ser que él fuera feliz sin mí, no me lo imaginaba dejándome cuando estuviera avanzada de edad y metiéndose con otra más joven que yo. Así que lo maté. No iba a permitir nada de eso, ni siquiera que me fuera infiel, aunque no tuviera los suficientes pantalones para hacerlo, y quedar como idiota. No, eso nunca. 

Él nunca me fue infiel, ¿o sí? Él nunca pensaría en dejarme, ¿o sí? Jamás se le pasaría por la cabeza cambiarme por otra, ¿o sí? Pero no me importó, debía actuar antes de que cualquier cosa pudiera ocurrir. Actué. Y hoy en día me arrepiento por dejarme llevar por mi intuición de mujer celosa; incluso, me arrepentí y lo confesé cuando estuve tras las rejas, con el mismo calvo insignificante que nos casó. 

Ese día tomé el bus que me llevaría de vuelta a casa: abro la puerta y camino despacio pero primero me quito los zapatos para no hacer tanta bulla y subo las escaleras con cuidado para evitar ser descubierta y descubrirlos a ellos abrazados en la cama y haciendo el amor o apenas desvistiéndose pero mejor que ya estén haciendo el amor para así tener una excusa y realizar mi cometido pero si llego y los encuentro hablando no puedo hacer nada porque entonces no será prueba suficiente para matarlo a ella la voy a dejar en paz porque no tiene la culpa la culpa la tiene él que no debe andar buscando otras mujeres porque me tiene a mí que soy su esposa y si lo hace eso quiere decir que no le soy suficiente pero viéndolo bien también la voy a matar haga lo que haga esta vez no me importa nada a los dos los voy a matar sí los voy a matar. 

Y entré a la casa con cuidado, estaba todo en silencio y caminé tan despacio para que mis pasos no pudieran sentirse ni siquiera a un centímetro de distancia, subí las escaleras lentamente hasta que por fin estuve frente a la puerta del cuarto de la infidelidad, saqué el revólver de mi bolso, con la otra mano abrí la puerta y ahí estaba él: tan hermoso como siempre, igual de majestuoso como todas las veces, tan él, tan mío. Pero ella no estaba, él no me estaba engañando como debía ser, no estaba con nadie en la cama, no era justo porque entonces no tenía motivos para asesinarlo, pero él debía ser sólo mío. ¿Si ya había estado con ella y se estaba reponiendo del placer? ¿Y si en vez de dormir estaba planeando asesinarme cuando yo recostara mi cuerpo a su lado? ¿Y si estaba esperando que yo durmiera para escaparse y hacer el amor tan placentero, tan salvaje a veces, tan dulce y romántico, como siempre, con ella? No, no lo iba a permitir, él nunca podía ser de otra, de modo que me senté sobre la cama, acaricié suavemente su cabeza mientras lo miraba con ternura, apunté el arma hacia su pecho y le di dos disparos de amor en su corazón.

martes, 9 de junio de 2015

CAPERUZA ROTA

-Había una vez una mujer que le decían “Caperuza rota” y era conocida por casi todos los habitantes de la ciudad.

-No, era una niña muy bonita que se llamaba “Caperucita roja”. 

-Ella acostumbraba a subirse todos los días en los buses a vender dulces para poder sobrevivir. 

-No, ella no trabajaba en nada. 

-Hasta que un día se subió en un bus que la metió por El Bosque y le tocó bajarse ahí, sin conocer aquel lugar. 

-¡Que no! Ella se fue por el bosque porque la mamá la mandó a la casa de su abuela. 

-Y mientras caminaba por las calles del barrio, se encontró con un burro que le dijo: “esto es un atraco, dame todo lo que tengas”. 

-¡Que eso no es así! Se encontró fue con un lobo que le preguntó a dónde iba.

-Luego, caminó por varios minutos hasta que logró salir a la Cordialidad y buscar a la Policía. 

-¡Noooooo! 

-Y como era de costumbre, no pudieron hacer nada porque no tenían las pruebas suficientes para comprobar si era cierto. 

-¡No buscó a la Policía! Un cazador que iba pasando las rescató, a ella y a la abuela, del lobo feroz. 

-Después de todo, no te he dicho por qué le dicen “caperuza rota”: resulta que todos los días se ponía una especie de gorro, por el sol infernal que hace aquí, y en la parte de atrás tenía un hueco, hecho por un grillo, que dejaba ver lo que había del otro lado; así que, todo el mundo la conocía por ese apodo. 

-Nombe, papi, tú no sabes contar cuentos, mejor dame plata para ir a jugar Play. 

-Bueno, toma mil barras. 

Y el papá siguió metido en Facebook. 

FIN

jueves, 26 de marzo de 2015

ABANDONO

Aletargado y con la mirada estática.
Todo ocurrió en la noche del martes cuando ella lo soltó de la mano, corrió libremente como las aguas turbias del río y le gritó a la distancia, sin detenerse y sin mirar atrás, “ya no quiero nada contigo”. Él, aletargado y con la mirada estática, sólo pudo pronunciar, sin que nadie lo notara, “no me digas esa vaina”. 

FIN.

viernes, 13 de marzo de 2015

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CHIKUNGUNYA

Muchos de los que sobrevivieron a la Peste de la Confusión, se levantaron una mañana cualquiera con la extraña sensación de que algo no andaba bien en el Pueblo del Olvido; y lo supieron cuando, en vez de oír a los gallos cantar en las medianas jaulas de anjeo, los loros verdes de copetes amarillos repetían incansablemente la frase que les habían enseñado para anunciar el peligro, “corre, corre, que te coge el gato”, con un temor impresionante que apenas sí permitía su contagio, los perros no ladraban sino que estaban petrificados y con la mirada de los ciegos, los canarios no elevaron sus cantos al cielo como tenían por costumbre y algunas personas permanecían inmóviles, con la tranquilidad del desesperado, en medio de la Plaza Pública. Otros, trepados y abrazados a las ramas de los árboles, divisaban con asombro la vasta sombra negra que se acercaba por el otro lado del río. 

Para esos días, corrió el rumor de que el pueblo vecino había sido visitado por una enfermedad cuyo origen provenía de un mosquito audaz y silencioso que, al momento de picar, no dejaba sino un estado de parálisis en sus víctimas. De modo que, al oír el escándalo de los loros, todos salieron alarmados, recogiendo sus pertenencias, gritando a los cuatro vientos “¡nojoda, sálvese quien pueda!” y evacuando con desorden por las angostas vías de aquel lugar. 

Ken y Mai siempre soñaron con estar juntos hasta el final de sus vidas, fue algo que pactaron, casi que sin saberlo, desde el primer día en que sus ojos cruzaron miradas. Ella era entonces unos años menor que él, tenía una sonrisa encantadora y un cabello que enloquecía a quienquiera que fuera. Él, que casi nunca fue bueno en cuestiones del amor, era de tez morena, de muy buena estatura para el gusto de una mujer y coqueto. Quizá fue esto último lo que le ayudó a convencerla, aquella tarde remota en que sus miradas se entrelazaron, de que nacieron el uno para el otro. Tal vez eso fue lo que atrajo la atención de aquella mujer casi tímida y callada. Ese día sólo bastó un “hola” por parte de él, para sonrojarle la cara, para que hoy, cincuenta años después, continuara viva la esperanza de poder cumplir lo que siempre soñaron. 

Un saludo y miles de miradas fueron lo único que los unió entonces. Él siempre quiso hacerla su esposa, ella siempre quiso serlo. De no ser por su padre quien decía que “no quiero a cualquier pelagato en la familia”, la soledad no les hubiese ganado la batalla. Lo cierto es que el amor siempre estuvo, nunca perdieron la guerra, siempre se desbordó por los poros, por las miradas apasionadas que decían muchas cosas y por las innumerables cartas secretas; hasta aquel día que, mientras la muchedumbre corría enloquecida al llegar la peste, él corrió hasta la casa contigua, la tomó de la mano por primera vez, la abrazó para recompensar lo que nunca antes había hecho, la miró con una mirada profunda que le llegó hasta el alma y luego la besó con pasión ardiente; y de este modo, los sueños de estar tomados de la mano y besarse para siempre, quedaron cumplidos de una vez y por todas al ser atacados por un centenar de mosquitos asesinos y quedar petrificados, con los dedos cruzados con los del otro y sus labios unidos, por los siglos de los siglos.

viernes, 12 de diciembre de 2014

EL RELATO DEL SEÑOR SAMUEL

Imagínese usté que un día cualquiera, en el calor infernal del mediodía, lleguen dos tipos armados en una moto y el de atrás lo amenace con una pistola de esas bien grandes pa’ quitale las cositas que uno consigue con tanto esfuerzo, ¿qué haría usté? Porque, y que me perdone Dios pero, yo espero que los tipos me den la espalda y ahí le van uno, dos, tres y hasta cuatro tiros si tengo un revólver en la mano: pan, pan, pan, pan; ná’ más es que me pase lo que le pasó a Petrona y ya te digo.

Ese día colgué la hamaca ahí, debajo de los palos de mango y, cuando iba a comenzá la siesta como Dios manda, escuché unos gritos como de mujé violá y me espanté de una vez. Uno de los tipos le decía, en medio del forcejeo, que le entregara el bolso y ella “que no le entregaba ná’ porque eso no era de él, y que lo soltara porque se iba a poné a gritá”; y él “que me lo entregues porque te meto un tiro”, y así se la pasaron como por cinco minutos, los mismos que yo utilicé pa’ planear la emboscada y hacé que esos dos no se salieran con la suya: primero entré lentamente a la casa a buscá un machete viejo y oxidao’ que tengo abajo e’ la cama por si las moscas, y que puede que no mate de la cortá que hace pero sí del tétano hijuemadre que da después; y luego, cuando salí, caminé por entre los matorrales sin que me vieran, y cuando menos lo esperaban, ¡zas!, ahí le fueron los machetazos en la mano derecha, que era donde tenía la pistola, y cuando la soltó, ¡cataplén!, enseguida una palera de padre y Señor mío que lo hizo acordá del día que su madre lo parió. Y el otro, como tenía la moto prendía, se voló por donde más fácil vio el camino, como una estrella fugaz, sin podé hacé ná’ porque no llevaba arma con qué defendese.

Después, llamé a los vecinos pa’ que sacaran sus trancas y le dieran garrote hasta que llegaran las autoridades que, por cierto, siempre llegan después de pitos y cuando la vaina se ha acabao’; así que nos daba tiempo de dale unos cuantos tatequietos pa’ que respetara lo ajeno. Y, por último, nos sentamos en la esquina y nos pusimos a hablá de lo que había pasao’; lo cierto es que, cuando quise abrí los ojos, salí del letargo y reaccioná pa’ corré pa’entro a buscá el machete, los tipos ya iban pa’rriba como alma que lleva el diablo, con el bolso en la mano, azaraos y mirando pa’ todos laos. Lo único que pude hacé fue seguilos con la mirada hasta que el doble de la esquina se los tragó por completo, y consolá a la pobre Petrona que lloraba y hablaba más que mujé dejá en tiempo e’ fiesta.

jueves, 11 de diciembre de 2014

DE CÓMO LA VIDA ME CORTÓ LAS ALAS

“Decir que te amo hasta la luna no bastará 
A menos que haya otra luna en la eternidad” 
 Montaner.

Crecí en una generación de gente bien intencionada, con ganas de vivir y salir adelante, en medio de personas que luchaban por alcanzar sus sueños, y también, en medio de la nada. Igual tú. Tú creciste en las cuatro paredes sucias de aquel lote viejo, tus padres eran, tal vez, los más pobres de nuestra calle, y digo nuestra porque nos vio crecer, caernos, jugar, y vio el progreso que obtuvimos después de largos años. Claro, tú más que yo y más que todos, creo, por la vida que decidiste llevar después de un tiempo, pero aun así te quería sin importar eso ni los comentarios ajenos, que a veces son suposiciones de la gente envidiosa. 

Acabo de recordar la flor que corté de un árbol para ponerla en tu mano y darte un beso, ¡qué infancia! A uno se le ocurren unas cosas. Y también traje a mi mente la escena donde golpeaban a aquel hombre por razones que nunca comprendí, ¿te acuerdas? Y que tú y yo nos escondimos debajo de la cama para salvarnos pero terminamos dormidos en el frío del piso. Hoy se me dio por acordarme de esas cosas de nuestra niñez. Y recordé y recordé, hasta tal punto que, aletargado y mirando al cielo, lloré con la esperanza de volverte a ver en la misma calle de antes, con los mismos amigos de antes y siendo lo mismo que antes: novios tristes que soñaban con un futuro feliz, pero ahora no estás; te has ido y no sé si vuelvas, creo que no, y no te he podido sacar de mi mente. Hoy decidí escribirte para contarte que la vida no me ha tratado tan bien como a ti, por lo menos eso es lo que se puede apreciar a simple vista, y tampoco me ha dado los lujos que siempre quise tener para hacer feliz a mi madre, o sólo para complacerla porque la felicidad es interior. Espero que mi carta no sea motivo de problemas con tu esposo, porque sé que te casaste lejos de aquí, donde nadie lo impidiera, y tampoco con tus hijos, que a veces, cuando estoy solo en mi habitación, los siento como si fueran míos, como si los hubiese hecho de palabras que dije cuando joven, como si el sólo hecho de habértelos jurado cuando chico los hiciera míos, míos y no de él, míos y únicamente míos, míos y de nadie más. 

Aún no me explico por qué tomaste la decisión de tener amores furtivos con muchos a la vez, y bueno, es casi obvio que querías salir de la pobreza en que estábamos pero hubiese preferido que fuera de otra manera; de una manera que fuera más decente, de la misma que te ganaras el cariño y los buenos comentarios de las personas, de una que me doliera menos, o que no me doliera, para no tener que llevar este peso en mi corazón. Para no tener que llorar amargamente en mis noches de soledad, para no tener que padecer y mendigar amor, para morirme en mi pobreza de espíritu felizmente y para tener un aliento de vida. Antes lo tenía, era mi adorada madre, ahora ya no está más conmigo porque se fue a un lugar donde le darán, muy seguramente, lo que yo no pude. Y eso me hace feliz en cierto modo, sabes. ¿Ya te habías enterado del fallecimiento de mi mamá? Espero que sí para que la noticia no te pegue tan duro en tu momento de felicidad, si es que eres feliz con él.

He llegado a pensar, por encima de muchas cosas, que no me amaste con el mismo amor que yo te profesaba, que me utilizaste y que fui sólo un instrumento para que escalaras de peldaño; me imagino que sabes por qué lo digo. No sólo querías dinero, sino que también querías a alguien que lo tuviera, y obviamente ése no era yo, yo era otro. Quizá un juguete para ti, o qué sé yo, y éste fue el problema: que pudo más tu codicia que otras cosas y la vida se agarró de eso para cortarnos las alas, o para cortármelas a mí solo, ¡ya qué! Para fruncir nuestros sueños, o tal vez los míos, y para dejarme sin nada. Para dejarme sin ti, sin tu amor y sin tus besos. 

¿Sabías que me he quedado sin amigos? ¿Sabías que aún te quiero? Sí, los motivos de mi falta de amistades te los debo, porque a veces suelo ser ignorante en esos temas. Pero lo de quererte… Lo que de quererte sí lo sé, lo sé porque siento como si hubiese otra persona dentro de mí, lo sé porque mi estómago me lo dice y porque mi corazón late más fuerte cuando te pienso. Cuando pienso en volverte a ver, cambiada y más hermosa, y cuando me da un dolor extraño e inexplicable, que a veces no es dolor sino un no sé qué raro que le da a uno por los celos, al pensar que vendrás con él y que ya yo no sea importante en tu vida, y que tus hijos no me vean como lo que soy, o como lo que hubiese podido ser: tu esposo y su padre; eso me parte el alma. 

Tengo que contarte muchas cosas más, ¿cuándo tienes tiempo? Aunque sea por este medio, aunque no te vea de frente y aunque no escuches mi voz. Tengo que decirte tantas cosas que han pasado, toda la travesía que he vivido. Y es sólo a ti porque no tengo a nadie más, y es sólo a ti porque así me place, y es sólo a ti porque te quiero. Únicamente a ti porque me supiste escuchar algún tiempo atrás. La vida ha sido muy injusta conmigo, hasta tal punto que me ha dejado sin alas para volar, me ha quitado los sueños para vivir, me ha arrojado en lo recóndito del mundo para hacerme la vida pedazos. Pero yo sigo caminando las calles solitarias de este mundo sin fin. Lo único que me queda es este lápiz viejo para escribirte, como ahora, y la esperanza de contemplarte. 

Espero que no sea demasiado tarde el tan anhelado encuentro, porque últimamente ando más en cama y se me ha desarrollado la enfermedad que me detectaron a temprana edad y que tú sabías y lloramos porque no había nada que hacer. De ser así, te dejo escrito en estas líneas que aparte de Dios y mi madre, eres tú por quien me mantengo en pie, eres tú a quien he llevado por largos años tatuada en mi corazón, eres tú la que me hace respirar. Sólo tú. Tú y nadie más. 

Regresa pronto. 
                                                                                                                        Con amor.

sábado, 15 de noviembre de 2014

NO ES LO MISMO

No es lo mismo escuchar la lluvia caer sobre el tejado y que tú no estés aquí, no es lo mismo ver el mar tragarse al sol en una tarde cualquiera y no contemplar tu silueta, y sólo ver brillar tu ausencia; no es lo mismo acostarse en el lecho y no sentir tu cuerpo, tus labios, tu piel. No es lo mismo amarte a la distancia, no es lo mismo, y por encima de esto te amo. Por encima de todo te siento en mis días callados, en mis horas tristes, en mi soledad prematura, en los viajes vespertinos de días grises. Te siento en mi corazón, en lo más arcano de él, en mis pensamientos, en el candor de los niños, en la melodía de los pájaros. Y te amo, sobretodo te amo; porque si no lo hiciera, iría a parar al lugar donde nunca quise que estuvieras, a donde el dolor es algo común y las lágrimas el pan de cada día, a donde el silencio es el dueño de todo, hasta de mí. 

No es lo mismo mirar salir el sol por aquella ventana y no verte aparecer en la puerta, risueña y semidesnuda; así como tampoco es lo mismo ver florecer las plantas mientras mi corazón se marchita de tristeza, y entonces me pregunto, ¿cuánto he de padecer en este mundo de penas? ¿Cuándo he de hallarte nuevamente en la habitación de la luz tenue? Y descubro que jamás, que nunca jamás porque tu armoniosa voz de soprano se calló de una vez por todas, porque tus ojos color aguamarina dejaron de reflejar el océano en tu rostro, porque tu cabello largo, como aquellos días silenciosos donde solíamos platicar agarrados de la mano, ha sido cortado como el tallo de aquel árbol; porque te has ido para siempre, para nunca volver. 

No es lo mismo ahora que antes. Porque antes hablaba de ti con profunda alegría, mas ahora me toca hacerlo con tono lastimero; porque era mejor visitarte en tu hogar, que hacerlo en tu tumba. Porque de todos los recuerdos, éste es el que más me ha marcado.

viernes, 17 de octubre de 2014

EL ENIGMA DE LA CASA DE AL LADO

Las últimas personas que lo vieron con vida me aseguraron que yacía acostado en una banca de tres puestos ubicada en la terraza y jugando con su celular. Que varios minutos antes entonaba una canción con una guitarra vieja que posteriormente acomodó a su lado, que luego dio un brinco como un canguro y corrió hacia la sala de su casa, cerrando la puerta de un tirón, y que no volvieron a saber de él hasta después de los gritos y el alboroto. 

“D. Alvarado siempre fue una persona trabajadora y honrada y no se metía con nadie” –dijo una doña- “que Dios se apiade de su alma” –añadió-; y yo asentí con la cabeza como para hacerme creer a mí mismo que Dios estaba obligado a llevárselo consigo, moví la cabeza de arriba abajo como símbolo de resignación, como cuando la esperanza se ha marchado para darle cabida a la muerte. Así asentí mientras me fui colando de a poco por en medio del mar de gentes hasta quedar frente al cadáver. Caí de rodillas por el pavor de aquel rostro deformado e irreconocible y por la sorpresa que me llevé al ver al niño de un año apresado por la policía, y por las incontables súplicas de su madre que rasgaba su bata de dormir en señal de duelo y para que lo dejaran en libertad.

D. Alvarado motilándome.
El viernes por la noche, un día antes de la tragedia, me motiló, porque ese era su oficio, y me dijo que había soñado con una mujer alta, vestida de negro, con una sonrisa espléndida de oreja a oreja, que se acercaba a la reja de afuera y lo llamaba con voz seductora y que se levantó corriendo hacia su cuarto cuando le vio el arma en forma de bastón que llevaba escondida en la manga derecha. Me contó, además, que no le alcanzó el tiempo para escapar del gancho mortífero que atravesaba su cuello de lado a lado, y que sintió en sus pies el frío profundo del túnel sin fin. Se rio. Me reí. Y, en vez de preocuparme, me dirigí hacia él con tono sarcástico diciéndole “¿Has estado fumando algo? Porque sí que estás loco”, y me levanté, cuando hubo acabado su tarea, para marcharme a mi casa que queda justo al lado de la suya. Siempre tuvimos esa naturaleza en el diálogo.

Plasmando el arte en el cabello. Aquí sin colores.
D. Alvarado era, desde luego, uno de los mejores peluqueros del momento. Podía hacer cortes de cabello sosteniendo una conversación y mirando hacia otro lugar, analizaba minuciosamente cada tijeretazo que daba y dibujaba figuras inanimadas, que luego hacía tomar vida gracias a los colores, en cualquier lugar de la cabeza. Él era el mejor. Su mayor inspiración, después de su guitarra y el amor por lo que hacía, era su sobrino de tan sólo un año de existencia, por quien daba la vida si fuera necesario. Era su todo. 

El sábado a las 9 de la mañana estaban pateando una pelota, en la mitad de la cuadra soleada, Samuel y Emiro, cuando salió la señora Gracia, que ahora tenía cara de desgracia, dando gritos y jalándose el pelo. “¡Mi hijo, mi hijo!” –Me dijeron que gritaba-; todo el mundo se escandalizó. Hasta llegaron personas de distintos sectores a aglomerarse en la puerta para ver qué podían averiguar. Salí a ver. Y fue en ese justo momento cuando los vi de frente: a él destrozado por completo y al niño con las manos amarradas con una pita porque las esposas no le quedaban a su medida. Como pude, abracé a la señora Gracia y la llevé a un lugar aparte, le pedí que me contara lo sucedido y habló. 

D. Alvarado tocando guitarra.
D. Alvarado se disponía a abrir el negocio como todas las mañanas: entonando una canción en su guitarra como amuleto de la buena suerte y luego acostándose en la banca a esperar que vinieran los clientes. Aquel día no había sacado de primero la silla giratoria ni las máquinas, y mucho menos las cuchillas sino que, por un extraño impulso, tomó la decisión de hacerlo a la inversa y sentarse primero a entonar la canción del día. Su sobrino había despertado antes de lo normal y empezó a caminar por toda la casa, nadie le prestó atención. Jugaba con las máquinas conectadas a extensiones eléctricas y cuando hubo encendido una, el ruido alertó a D. Alvarado quien salió corriendo con la guitarra agarrada por las cuerdas, tiró la puerta por inercia, tropezó con un cable, una de las cuerdas se partió y le dio en el ojo izquierdo dejándolo momentáneamente ciego. Cuando logró recuperar la visión ya el niño se encontraba encima de él, con los ojos rojos y con una sonrisa espléndida, propinándole cuchilladas y pasándole una máquina en la cara y el cuello.

martes, 29 de julio de 2014

MEMORIAS DE UN HOMBRE ETERNO

"La muerte es 
Una tediosa experiencia; 
Para los demás, sobre todo 
Para los demás." 
Lunes 18 de febrero. La Tregua. 


Sábado 31 de mayo de 2014. Un día para no olvidar. Los 31 de mayo siempre han sido días en los cuales me alegro yendo a celebraciones de cumpleaños, jugando algún deporte o juego de mesa con mis amigos, o haciendo cualquiera otra actividad de mi vida cotidiana. Esta fecha, aunque alegre por un lado, no saldrá de mi mente jamás, ni siquiera volviendo a nacer. 

Ese día, en el que yo debí estar contento y con una sonrisa en mi boca, no conseguí hacerlo; al contrario, sentí aquel duelo inevitable entre el dolor y la alegría donde el primero se impuso con gran ventaja ante el segundo, y vi oscurecer la tarde mientras mi corazón se arrugaba por el lamento. Recuerdo que para entonces ya estaba comprometido con un baile en un teatro cualquiera para presentar la Promoción de Mai, mi niña, y ya no podía dar marcha atrás. Claro, esta no fue la razón por la cual no me regocijé con una buena salsa, un pudín, un gorro de cono, y un montón de confetis en mi cabeza, no. Hubo algo más, una noticia que nadie quiere escuchar, una voz que a veces se quiere callar a la fuerza para nunca tener que enterarse de tan aterrador suceso, una voz pasiva que te anuncia sin escrúpulos: “Ha muerto tu amigo.” 

Aquí jugando. Esta vez con zapatos.
Crecí juntamente con Duván, en el barrio del cual estoy orgulloso, en El Parque desgreñado y olvidado de mi antiguo escrito, en medio de la gente acogedora y amable que brota de aquí. En medio de todo me crié, sobretodo en medio de él y él en medio mío. Recuerdo, de Jumanji, las veces que jugamos fútbol a pies descalzos en el Parqueadero, sin importar las incontables vejigas, de sangre y de agua, que nos salían a causa del pavimento ardiente; y otras más que jugamos a Herradura, en el famoso Parque que nos vio divertirnos, pateando un balón hacia un arco improvisado que, a la postre, no era más que los palos donde se cuelgan los columpios, ¡Qué infancia! y otras tantas que lo hicimos en Los Betos, que hoy en día lleva el nombre de Duván Jesús Liñán Valdés, en su honor. 

Del Profeta, que es otro de sus seudónimos, recuerdo también la vez que me dio la noticia de que estaba jugando en la Autónoma F.C. y que me alegré tanto, incluso más que él porque me da gusto ver triunfar a mis amigos, y la vez que me invitó a verlo jugar la final del inter colegiado en el Metropolitano, en el que quedó campeón, y le gritaba desde la tribuna “campeón, mijito, campeón” y que me extendía la copa desde la cancha como si también yo hiciera parte de ella, como si la hubiese sudado a la par de ellos y la hubiese hecho mía. Pero no, yo no hacía parte de ella, yo hacía parte de él, eso fue lo que me dio a entender al hacerme tan semejante gesto. 

¡Duván eterno!
También, dentro de todo esto, busqué en lo recóndito de mi mente y me hallé con el recuerdo del día que me dijo: “Mani, ¿nos has escrito más?”; y que le manifesté que no había tenido tiempo por la Universidad y que me respondió que cuando lo hiciera le avisara para leerme y que no lo hice porque se me olvidó. Ojalá haya tenido tiempo, algún día, de hacerlo; así como cuando le regalé lo primero que escribí y que lo llevó a su colegio para que su profesora lo viera (debo admitir que su gesto me hizo sentir muy halagado) y que le habló de mí a su novia aun cuando yo era un don nadie para ella, y para muchos, pero para él... para él yo tenía importancia, por lo menos así me lo demostró. Tanta como él la tenía para mí, aunque yo, por mi naturaleza, no la hiciera tan notoria; y bueno, eso se debía a otros temas. Gracias, amigo, por valorar mis letras plasmadas en un papel, por hacerme sentir el García Márquez de Las Moras pero, sobre todo, gracias por hacerme sentir tan bien el tiempo que estuve, o que estuviste, a mi lado. ¡Hay quienes dirán que escribo en vano porque no me leerá, pero yo sé que sí lo hace! O, por lo menos, dejo entrever algunas cosas que me unieron, o me unen, a él para que el mundo lo sepa. ¡Ya son muchos días sin su presencia! ¡Ya el fútbol no tiene la misma esencia! ¡Lo extraño! ¡Duván eterno! 

Nuestro último partido juntos.
De Pumbo puedo recordar muchas cosas, tantas que no terminaría nunca de escribir esto, tantas que no habría las suficientes lágrimas en mis ojos para derramar, demasiadas que me invaden la mente noche a noche al acostarme en el lecho. Y pienso entonces, ¿Qué se hace ante el soplo inesperado de la muerte? Y, ¿qué se hace cuando ya no estás? Sólo llorarte con dolor profundo, con el vacío de un viejo amor de amistad que hoy se convierte en tristeza, en sufrimiento y en desespero. Su partida me ha dejado frío, aún no creo que sea cierto, a veces pienso que la vida es injusta hasta cierto punto, a veces creo que debió vivir por muchos años más. Duván, amigo, ya no podré tenerte más a mi lado pero nos veremos un día en el cielo para jugar todos los partidos del mundo. ¡Hoy dueles, pero siempre serás el mejor! 

Ahora me hallo sentado en la terraza de mi casa junto a Mai, con ropa cómoda como de costumbre, ella está a la expectativa de su baile de Prom, ya casi le arreglan el cabello, cuando llega a mis oídos la desgarradora noticia. Unos días antes mi amigo había sufrido un accidente automovilístico que lo condujo a donde hoy, sin miedo a equívocos, está: bajo el cuidado eterno del Padre Celestial. Corro de inmediato a las casas vecinas, casi que importándome nada, me confirman lo que hubiese querido que fuera una mentira, vuelvo a casa y tomo asiento y caigo en llanto mientras que Mai me acaricia suavemente la cabeza y seca mis lágrimas, me da un abrazo. No hay nada ni nadie que me pueda consolar, prendo la computadora y me pongo a ver sus fotos, mis ojos se vuelven un mar de lágrimas, mi corazón ha sido destruido en milésimas de segundos, la piel se me eriza, no lo admito, no lo asimilo. Jamás lo he asimilado. ¡Si ayer estábamos tan bien por qué hoy no te podré ver más! De modo que éstas son y serán las memorias de mi hombre eterno. Y eres eterno porque vivirás por siempre en mi recuerdo, en mi mente, en mi corazón.

Un trapo en honor a la amistad. 
Los 31 de mayo ya no serán los mismos, sin duda, ahora los recordaré con una alegre tristeza.

domingo, 29 de junio de 2014

DECLARACIÓN DE AMOR

Debo admitir, primeramente, que nunca imaginé llegar a sentir tantas cosas juntas por ti, que jamás pasó por mi mente sentirme tan bien acogido y tan enamorado a la vez; que, incluso, en el primer momento en que te vi opté por creer que lo nuestro era sólo una amistad. Hoy me doy cuenta que la vida es una caja de sorpresas y que lo que menos se espera eso es lo que sucede. Claro, ¡qué bueno que me haya sorprendido contigo! Porque si hay algo que me gusta de las sorpresas es que sean buenas y valgan la pena, como tú. Hoy en día eres de las personas más importantes en mi corazón porque te has sabido meter en lo recóndito de él para provocar esta erupción de amor que brota ilimitadamente.

¿Te has preguntado qué hubiera sido de ti y de mí si no hubiésemos coincidido algún día? Yo sí, y creo que mi vida hubiese sido insípida, vacía y sin fantasía, porque eres tú quien se encarga de alegrarme cada instante que respiro; porque, sin miedo a equívocos, con tan sólo tu presencia se me llena de colores la existencia; y es que eso eres, la luz que ilumina los momentos nublados, la lámpara que aclara aquel abismo de dudas que, a veces, está en mi mente. Eso eres tú, por lo tanto, te amo. 

Hoy puedo dar gracias al cielo por colocar en mi camino a tan sublime mujer que me llena de amor y ternura, y te doy gracias a ti, no sólo por aguantarme sino, también, por compartir estos maravillosos meses conmigo, por las caricias y los besos que me enamoran a cada instante, por las salidas y las tardes excepcionales, por los detalles y por cada una de las cosas que, sin lugar a dudas, hacen crecer nuestra relación.

Hoy, como mínimo, prometo amarte y cuidarte hasta que Dios lo permita, prometo estar contigo y hacerte la mujer más feliz del mundo. No te prometo bajarte la luna ni mucho menos regalarte el mar porque son cosas imposibles, pero sí juro enamorarte cada día más, perfeccionar para siempre estar bien contigo, avivar el amor a cada momento para que la monotonía y los comentarios de terceros no nos venzan. Hoy prometo respetarte para así poder, si es posible, envejecer a tu lado. Hoy te mando abrazos fraternales y besos adictivos. 

Con amor, Ken.

miércoles, 30 de abril de 2014

AMORES ENCONTRADOS

"Es sensible al generoso afecto
Que emana del perro y que se dirige a él.
De manera arbitraria e incondicionalmente
Es él quien ha sido adoptado;
El perro daría la vida por él, y eso lo sabe".
Desgracia, Coetzee.

Puedo recordar con facilidad la fecha en que a mi hermana se le metió la locura de marcharse a Venezuela con su marido: un 23 de marzo del 2007. Para entonces yo tenía 14 años de edad y menos problemas que ahora, mi hermana estaba menos gorda y mi mamá mucho más delgada. Ese día, que no logro hallar en mi mente una imagen exacta de cómo fue, Karen se presentó, además que con maletas y lágrimas en los ojos, con un perro de aproximadamente 2 meses y de una raza desconocida. Al principio pensamos que era un Rottweiler por su color negro y sus manchas amarillentas justo donde éstos las tienen; esa opción hubo que descartarla porque esa raza de perros no es tan peluda. Después, optamos por pensar que se trataba de un Chow Chow pero no era así porque su lengua no era morada. Lo cierto es que lo adoptamos con el mejor de los cariños, como se les había adoptado a los anteriores, y le brindamos un lugar en la familia.
Aquí con Koky
Aquí con Koky más cachorro

Koky, como decidí ponerle de una manera arbitraria y sin que nadie me lo pidiera, creció creyendo que éramos sus dueños de toda su vida, aunque no lo fuéramos. Siempre fue juguetón, irresponsable, dañino e hiperactivo, pero así lo quisimos, por encima de todo lo que hace un perro cuando está cachorro. Ahora tiene 7 años con nosotros y se ha vuelto una parte indispensable de la casa y de nuestros corazones, se ha convertido en el hijo que aún no tengo, en el amigo ideal; y me recuerda al Jesús de Nazareth cuando me es fiel, cuando me perdona con facilidad si lo regaño y cuando está siempre ahí. De los perros que he tenido éste es al que más voy a recordar, tal vez, porque ahora tengo más memoria que antes y razono más, porque ahora tengo un conocimiento más amplio de lo que es el amor, de lo que es la fidelidad, de lo que es un perro.

Muñe cuando pequeña
Aquí con Muñe cuando pequeña
También pienso hablarle de Muñeca. Sí, de Muñeca, ¿no la conoce? Es mi perra; tengo una pareja de canes locos que dan felicidad, ambos negros, sólo que ella tiene el pelo crespo, por ser de raza French Poodle, y él liso por ser de la raza que desconozco. Muñe, como le digo de cariño, llegó a casa de una manera extraña: la tía de mi amigo Víctor, que tiene gran corazón como yo y recoge a todos los perros que ve por las calles, la halló perdida en una carretera desolada, con cara de temor y casi muriéndose de hambre, la trajo a la casa del gordo y la dejó por unos días. Después, al ver que no se podía quedar ahí y que en mi casa tampoco, decidimos venderla pero no se pudo porque ya estaba grande. Mi mamá se enamoró de la perra y ahora está aquí hace cuatro años. Debo admitir que Koky estuvo celoso un tiempo pero luego se acostumbró y hasta se enamoró.

Es gratificante tener en casa dos hermosuras que me brincan hasta el pecho como queriéndome dar un beso, que mueven sus rabos de un lado a otro y ladran cuando me ven, que corren toda la sala y lamen mis manos de emoción, que me salen al encuentro y tengo que agarrarme de las rejas para que no me tumben. Eso es gratificante para mí.

Muñe es más tierna que Koky, no sé si es por el género, por la raza o porque ya el perro está viejo y agotado de la vida. Si a ella la amo a Koky lo adoro; aunque ambos, para mí, tienen una gran significación en mi vida. Y podría escribir millones de cosas sobre ellos, las mordidas que me han dado, la veces que hemos jugado, los problemas en los que me han metido, la lucha que han dado, sobretodo Muñeca que hay que ponerle pañales cada vez que está en calor, pero sólo me interesa plasmar en este escrito que mi alegría sobreabunda cuando los veo, que mi corazón se entristece cuando pienso que algún día no estarán y entonces, ¿quiénes serán sus reemplazos? Creo que no los habrá, sólo me tocará llevar sus recuerdos plasmados en mi piel, porque si he de tatuarme nuevamente serán ellos los elegidos, sólo me resignaré al amargo recuerdo de unos amores encontrados.

viernes, 21 de marzo de 2014

HUELLAS IMBORRABLES

   
Tatuaje expuesto en El Laguito/Cartagena de indias. 

Aquel día que pensé en tatuarme, o en rayarme el cuero, como dicen algunos, sentí miedo porque, debo admitirlo, le temo un poco a las agujas. Esto ya hace unos años. Recuerdo que David me dijo que me recomendaba que me lo hiciera cuando estuviera bien con Dios y que decidí escuchar su consejo, muy a pesar de mis ansias locas, no por temor a las opiniones de las gentes, sino, más bien, porque pensé que era lo más conveniente en el momento. Debo reconocer que nunca me ha importado lo que las personas digan o dejen de decir.

Pasó el tiempo y yo seguía con la rasquiñita del tattoo, hasta que un 22 de enero del presente año (2014) me decidí por completo; tiré al suelo mi miedo, le pegué una patada en las nalgas y me tatué. Me importó el qué dirán, mandé a la mierda a los que me criticaron, les argumenté que un tatuaje no da cuenta de lo que es una persona, que ni siquiera eso determina lo bueno o lo malo que puede llegar a ser, que me dejaran en paz porque yo no tenía remordimiento de conciencia; y eso hicieron, ya nadie me dice nada, creo que se resignaron a lidiar con la personalidad de alguien a quien no conocen lo suficiente. Sí, se dieron por vencidos al saber que no soy drogadicto ni delincuente por llevar un nombre en mi espalda. Un nombre que es muy significativo para mí, el nombre de la persona por quien lo daría todo, incluso mi vida si fuera necesario, el nombre de mi madre.

Para los que no saben, mi mamá lo es todo: es madre y mi padre, es quien me sustenta, es quien me ayuda con los gastos académicos, esto para mencionar algunas cosas de lo que ella es, y es quien me apoya las locuras, como ésta. Así que, para los que se preguntan por qué es el nombre de Gladys el que llevo estampado en mi piel y no otra cosa, ya tienen la respuesta. No es sólo por ser mi madre, porque el amor no es obvio.

Hoy puedo recordar las palabras textuales de mi mamá cuando me decía "Te quedó hermoso, flaqui" y la llamada desde Venezuela de mi hermana Karen (que ya está tatuada) diciéndome "Mira mijo, te quedó bacano, ahora que vaya a Colombia me hago otro con el nombre de mi mamá y uno con el de mi abuela", cosa que no ocurrió por cuestiones monetarias, y mi prima Mary que me dijo que estaba genial, y la que es más evangélica que yo planteándome que Dios me iba a pedir cuentas de eso porque a Él no le agradaban los tatuajes (irónico pensar por Dios), que mirara lo que hacía y que cuidara mi salvación, como si la salvación fuera por obras y no por gracia, como si dependiera de mí y no de Dios; y mis amigos con la locura de querer tatuarse y las palabras de otro diciéndome que mi madre debía estar desilusionada, que ese no era el mejor regalo, y que yo le respondí que no era un regalo para ella sino uno para mí porque era un orgullo llevar la transcendencia lexical en mi piel horadada como escribió David en su blog, porque me llena de alegría llevar el símbolo de mi paradigma como una cicatriz amorosa, como ese pacto de sangre y piel que me une más a ella, más a su pasión y más a su entrega. Ahora me dan risita aquellas afirmaciones porque hasta ella tiene, en su WhatsApp, la foto de su nombre en mi cuerpo.

Si bien, hay cosas que dejan huellas, o marcas, en el corazón: palabras necias dichas por ignorantes, libros extraordinarios que quieres volver a leer, amores frustrados que hacen llorar, un te amo farsante o una sonrisa hipócrita; pero yo me quedo con mi huella hecha de tinta y que no hace daño al corazón, me quedo con la del dolor momentáneo y no con las del eterno, con la misma que queda para siempre y es sinónimo de jolgorio. Hoy aborrezco las huellas imborrables que hacen daño al alma y recibo con gratitud las que tienen una significación en mi vida.

sábado, 11 de enero de 2014

PESADILLA FELIZ

La bella Mariana
La bella Mariana
Mariana se despertó con la extraña sensación de que algún individuo se hallaba espiando su casa. De inmediato, en medio de la oscuridad, corrió a cerrar la puerta de la habitación donde, muy cómodamente, reposaba su cuerpo. Eran las cuatro de la mañana de un martes 4 de febrero cuando de repente abrió los ojos porque sintió varios pasos. Se asustó demasiado. Luego de haber pasado casi una hora sentada en la cama y arropada por completo, rompió su temor y corrió hacia la cocina donde, con ansias y decidida a cualquier cosa, tomó un cuchillo por el mango y se puso en la tarea de buscar al ladrón. 

Las piernas le temblaban, el corazón lo tenía acelerado, pensaba en cómo realizar el crimen, en cómo lo sacaría de la casa sin que nadie lo notara y hasta llegó a pensar en hacerlo pedazos y meterlo en bolsas negras; pero lo cierto es que ya las manos no querían seguir empuñando aquel objeto cortopunzante, estaba fría, pálida y derramaba lágrimas por sus ojos. Temía que su vida acabara justo ahí, en su casa, en el día más especial de su vida, en el ambiente taciturno de aquella madrugada sin fin. 

La búsqueda continuaba mientras avanzaba el reloj, el tic, tac, aumentaba el suspenso. Entró al baño y no había nadie, a la habitación continua y tampoco, el patio estaba solitario. Ahora era mayor la preocupación porque no encontraba a sus parientes, aunque supuso que habrían salido a hacer deportes como algunas veces. De repente, cuando tomó la decisión de volver al lecho y dormir, de terminar con la misión fallida y que creyó imaginarse, percibió un sonido de un papel en la sala. Cautelosamente, como los leones cazan a su presa, tomó ese rumbo y al encender la luz hubo gritos al unísono que la dejaron perpleja e impresionada. Su familia ahora le decía: 

-¡Feliz cumpleaños!-

jueves, 10 de octubre de 2013

SUEÑO

Ahí estaba yo de nuevo, sentado en el jardín de rosas ubicado en la parte trasera de mi casa; pensando en las inconsistencias de la vida, en la monótona rutina que me iba acabando como el agua al jabón, en el calor que me hacía sudar y ensopaba mi ropa hasta quedar mojado por completo y en el tiempo que pasaba muy de prisa. Pero, por encima de eso, te pensaba. Yo pensaba en ti. A mi memoria venían los recuerdos de la primera vez que nos dimos un beso, de la vez que salimos agarrados de la mano sin importar ser descubiertos por los tuyos, de tu cabello largo y liso, de tu piel suave que acariciaban mis manos, de tus abrazos sinceros, de tu rostro angelical y de la ternura que irradiaban tus poros. 
Mi Koky.

Ahí estaba yo, dispuesto a salir del encierro de aquella guarida infernal con olor celestial que aumentaba mi impaciencia y mi soledad. Salí. El sol quemaba mi cara como antes yo había quemado tu foto; me apresuré. Las calles solitarias me recordaban al pueblo de mi madre, alegre de noche pero, triste de día. Seguí caminando hasta llegar a un lugar sombrío y fresco, con su aspecto acabado como si antes hubiese ocurrido un cataclismo, pero siempre con cara de parque, y ahí estaban mis amigos, hablando de lo que antes yo había pensado, pero no estabas tú. Me senté de inmediato y me pareció verte venir por la calle donde siempre te esperaba. Sonreí. Cuando te tuve enfrente, sin notarlo, me besaste y al reaccionar me di cuenta que era mi perro, Koky, lamiéndome.